Autopsia de Anuchka Ramos Ruiz – Presentación por Carmen R. Marín

miércoles, 12 de marzo de 2014

Libros AC

Santurce, Puerto Rico

 

Su título promete una travesía, bien por la novela negra o ya por el tipo de serie televisiva dedicada a hurgar en los misterios que revelan los cadáveres. Pero ese título es un anuncio engañoso; un juego de palabras tan cargado que, si no fuera por la actitud distanciada y cuasi aséptica de la voz poética y narradora que nos cautiva, sería barroco. Pero, ¿quién muere en este libro de Anushka Ramos Ruiz? ¿qué anatomía observamos postmortem, minuciosamente?

Los historiadores de la literatura hallarán en esta entrega de Ramos Ruiz varios decesos en la tradición literaria puertorriqueña: se ha dejado muy lejos el naturalismo cientificista de La charca, aunque se percibe aún la posibilidad de analizar el entorno social en el microscopio, en el laboratorio; lejos han quedado también las narrativas de respetadas escritoras puertorriqueñas de letras feministas, aunque se encuentra en sus textos la preeminencia de la voz y el personaje femeninos.

El libro Autopsia nos enfrenta a la truculencia y a la atrocidad a través de una voz tan contradictoriamente sosegada que resulta pasmoso. En él se encuentran asuntos que van desde la prostitución infantil y el canibalismo hasta el despedazamiento de una gata y la sobrevida de un tipo de zombie indocumentado que ha sido encarcelado. Pero que nadie se llame a engaño: ni la sangre ni las lágrimas se escurrirán de estas páginas. Más bien una dudosa sonrisa o una guiñada perversa y cómplice serán las que nos acompañen en nuestro recorrido por ese cadáver indefinido que se sugiere a través del texto.

Y ese es, probablemente, el mayor logro de Autopsia: manejar el lenguaje poético de tal forma que en una sola lectura se va de la narración a la poesía pura (que no es lo mismo que prosa poética); se atraviesa el umbral de lo onírico sin percatarse de ello hasta que una sola clave, una palabrita dislocada, una imagen que revienta, nos anuncia que hemos pasado del lenguaje figurado al literal (o viceversa), como aquel rasguño o aquel resto de fluido en una autopsia. En este texto domina la voz de una erudita despojada de grandes nombres y afanes de deslumbrar con referencias teóricas; la literatura dura ha sido digerida, la sociología, desplazada por la más fina herramienta, el arte del lenguaje.

Autopsia es un libro para el paladar exquisito de quienes saborean el juego de palabras, la imagen insospechada, la referencia clásica (o popular) virada al revés; para quienes aprecian el valor intrínseco del arte que no se rinde abiertamente al servicio de la crítica social, sino que nace de una mirada sumamente severa y se procesa estilísticamente, aunque sin aspavientos. Es también un libro para aquellos que se permiten el gusto de navegar entre la prosa y el verso y, más aún, de enredarlos a veces en un mismo texto; para aquellos y aquellas que disfrutan de romper barreras genéricas y son capaces de ver la poesía hasta en un eslogan publicitario; es decir, para un público joven o que conserve la juventud de los ojos.

En Autopsia sobresalen los juegos irónicos de significados, a la vez que la misma polisemia que divierte al lector en la primera mirada, convierte su sonrisa en mueca y hiela un poco la sangre en lecturas subsiguientes. “Campaña de alfabetización”, por ejemplo, texto con el que comienza el libro, trata sobre una jovencita cuyo interés en las materias escolares, particularmente en la clase de español, es inexistente. Descubrir, a medida que avanza el texto, de dónde surge tal desinterés es, a la misma vez, placentero y espantoso:

“Ella con lunares falsos en las mejillas no logra memorizarse las preposiciones. Con, para, contra, ante, bajo son posturas en la cama. […] A Hortensia no le importan las reglas de acentuación. Se traza las cejas con la tilde. La coma es la trompa de un hombre cansado. El punto es el orificio negro que reserva para los señores que pagan doble”.

Es espantoso por razones obvias; placentero porque se prescinde absolutamente del melodrama. Este texto, como el resto de Autopsia nace de una voz joven y crítica, hastiada tanto de la miseria humana como de los medios de comunicación que la explotan y la difunden morbosamente; cansada también, probablemente, de cierta exigencia tácita que flota sobre las cabezas de las escritoras, exigencia de que sus textos combatan la injusticia, la pobreza, la desigualdad social, y hasta el colonialismo, siempre desde una voz agresiva y violenta o plañidera y dramática. Así, el texto con el que inicia el libro sienta la pauta para su lectura: será imprescindible emparentarse muy de cerca con el lenguaje para disfrutarlo plenamente.

Cada uno de los títulos de los textos de este libro de Anushka resulta una provocación lingüística. “Campaña de alfabetización”, por ejemplo, es en sí mismo una brutal deconstrucción de aquella narrativa ilustrada que ponía sus esperanzas en la enseñanza de la lectura y la escritura como tabla de salvación para la humanidad; narrativa que llevada a cabo por los aparatos estatales modernos se convirtió en máquina, en línea de ensamblaje, y olvidó el objetivo inicial de humanizar. Por otro lado, “Baño de María”, esa manera tan hogareña de llamar a una técnica de cocción, es el título para un texto en el que se presenta cierto canibalismo inocentón, que surge precisamente de haber tomado como literal una frase esgrimida en sentido figurado (“A esa nena rica me la voy a comer”). “Niña buena”, por otra parte, es el título irónico para una viñeta que narra un paseo mítico por la psiquis de una jovencita que

“[a]limenta un tigre bajo su cama, rescata ballenas en el inodoro, asesina lagartijos con su mente. Mastica papel de aluminio esperando parir una luna. Colecciona piedras y algas en sus talones. […] Finge sus muertes, sus bodas, sus partos y divorcios […]”

y todo antes de que su padre la encuentre en su habitación, en su rutina de ensayos de flauta dulce. Otro título, “Confesión postmortem” se refiere a un microtexto narrado por una tal Isadora que nos refiere a la Duncan, con su trágica bufanda, pero que no obstante anda descalza en un tren y “cansada de parir figuras de hombres vestidos de negro”. Finalmente, el título “Changuería” juega con la polisemia, en el estilo más quevedesco (es decir, divertido y terrible a la vez), para un breve relato narrado en primera persona por una voz infantil y femenina que llama “changa” al ejemplar femenino del pájaro mozambique (chango, según lo conocemos en Puerto Rico) y a la vez adjudica este concepto, no ya como sustantivo, sino como adjetivo para la mujer blanca, adinerada, remanente de la otrora ama esclavista. En este relato, se cruza el umbral del relato realista al fantástico, aunque, gracias al exquisito manejo del lenguaje, se infiltra en el lector la duda sobre el carácter fantástico de lo que se narra y se pregunta si no se encuentra acaso ante una narración horrorosa y amoral en el estilo de Quiroga:

“Como a los pollos, así se mata una changa. Ella cantaba mientras estrujaba con jabón azul las telas: ‘No seas changa, mata a la changa’. Alguna vez, curiosa, mojé con la sangre de una la puntita de mi lengua”.[…] y el grito de mi madre: ‘¡Ay, deje la changuería!’. Orden sagrada. Como a los pollos, así se mata la changuería. Agarré a la niña, la sacudí, le apreté el cuello hasta que cerró el pico…la boca”.

La violación de los límites genéricos, como ya he mencionado, es una de las gracias de Autopsia. En este libro se intercalan prosa y verso, pero mucho más allá de ello, se desdibujan en múltiples ocasiones las líneas que tradicionalmente definen la narración y la poesía. Y esto se lleva a cabo, no a través de una amalgama de ambos géneros, conocido como prosa poética, sino por medio de cortes duros, fríos en ocasiones, y sorprendentes en su mayoría, como debe ser.

Cierto es que los textos escritos en verso se leen como la más exquisita poesía, con imágenes tales como: “[…] al bajar de la cama busco con cuidado no pisar ballenas” (poema “Domingo”) y “[l]a muerte solo puede ser una fiesta para los vivos” (poema “Nena”). NO es menos cierto que las breves narraciones (presentadas en forma de viñetas y microtextos) presentan los elementos imprescindibles de los buenos cuentos. En “La hija de Freud”, por ejemplo, se lee: “Es tarde. Pego mi oreja a la puerta del consultorio y escucho a uno de los pacientes narrar el sueño más hermoso del mundo. Habla de un cardenal que con su pico le cosía la boca”. Sin embargo, lo más genial y divertido en Autopsia es tener que enfrentarse a un texto escrito en prosa que comience de la siguiente forma: “Sus piernas peludas se suicidan en tacones rosados de charol, mientras su voz ronca desafina a las sopranos del coro” (cuento “La virgen”). De la misma forma, el texto ya mencionado, “Niña buena” obliga al lector a tratar de dilucidar a cada paso –en cada frase—si debe leer como se lee la poesía o como se lee la narrativa: “A ella le gustan los bombones de colores, pero alguna tardes saborea acuarelas on the rocks. Procura cuidarse los nudillos, no vaya a ser que en medio del juego se teletransporte a otro mes”. Este personaje se va agigantando y tomando dimensiones míticas, se vuelve atemporal,  poderoso y poético:

“Finge sus muertes, sus bodas, sus partos y sus divorcios, siempre ataviada con sábanas y cortinas. Fuma cigarrillos de orégano rellenos de espuma”.

Solo para desmoronarse ante nuestros cuando se lee en el texto:

“A las cinco menos cuarto se quita el uniforme del colegio. Su padre la encuentra ensayando sus lecciones de flauta dulce, siempre olorosa a violetas francesas”.

El texto “La fiera”, a pesar de presentarse en prosa, no solo resulta sumamente poético sino también metalingüístico: “Nací (y el verbo, suficientemente traumático, no necesita de metáforas)”. Un texto como este requiere constantes cambios de clave en la lectura (¿verso o prosa?) o simplemente rendirse al disfrute estético de la palabra.

Finalmente, uno de los textos más impresionantes de Autopsia es el marcadamente iconoclasta “Las manos de mi madre”. Un título como este provoca de inmediato el alerta de cursilería en la mente del lector. No obstante, su contenido se aleja de todo contenido y metáfora predecibles. Sus imágenes son más reminiscentes de la película Requiem for a Dream que del poema del Modernismo hispanoamericano; su humor oscuro llega a lo grotesco y sus referencias a la cultura popular del siglo XX sugieren una preocupación por el concepto de la manufactura y por la cosificación de todo, y particularmente del cuerpo humano, que constituyen una clara crítica a la cultura de la industrialización que nos ha privado de la capacidad de soñar:

“Once horas de infomerciales tardé en coserme manos nuevas. Llegaron en un paquete con advertencia de explosivos. Las instrucciones son claras: ‘Solo úselas para soñar’. Antes de dormir me las pongo y bailo con ellas dejando los pies al aire. […] Acurruco al niño perfecto que nunca nació, abofeteo a los fetos traicioneros que sí nacieron, estrangulo a infieles en potencia: no me había percatado de que las almohadas pueden mutarse”.

“Las manos de mi madre” menciona a Drácula y a sus descendientes licuados en series de televisión, una película famosa y melodramática de los años 70 y unos versos manoseados de Neruda. Todo en medio de un torbellino de imágenes, semejante a una alucinación provocada por exceso de medicamentos, pero con un ritmo que no puede ser sino poesía.

En fin, en Autopsia, el público lector se enfrentará a la necesidad de despojarse de límites entre géneros literarios, pero también de sus propios límites. Para saborear mejor este libro se debe ser capaz de saltar entre posibilidades de interpretación, cometer errores en la lectura y reírse de sí mismo. El cadáver que se observa minuciosamente queda siempre diferido en el libro, pero es posible, tal vez, sospechar que se trata de la muerte del lenguaje estético según concebido y ordenado por parámetros tradicionales. No es la voz poética ni la voz narradora la que presenta una autopsia, sino que se invita quien lo lea a ejercitarse en la práctica de la disección; se requiere ser un lector activo frente a Autopsia. Puede que algunas de las voces y de los personajes que se pasean entre sus líneas queden impregnados en su memoria, pero, sobre todo, será su lenguaje, su tono, su truculento humor lo que precipite el disfrute. Solo hay que animarse a examinar minuciosamente su cuerpo.

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